Con el Corazón en las Piernas

Sus pisadas son pesadas. Son marcadas. Son medidas. Llevan el lento compás de las olas del mar. Sin prisa pero seguras. Sin miedo ni duda. Yo puedo saber cuándo se acerca porque su andar no se parece al de nadie más. Su andar por el mundo es único y constante. No se detiene. Su sed insaciable es así de pura como su caminar resuelto. Dice a menudo: "Nunca pares” y sobre todo, "no te canses de aprender."


A veces me pregunto si siempre caminó así. Desde antes de que yo naciera. Pero no tengo a quién preguntárselo. No puedo evitar sonreír al imaginármelo, adolescente y muy delgado, sumido en reflexiones filosóficas, caminando lento como un viejo elefante. Mucho menos puedo imaginarlo de niño, con corazón muy antiguo y muy profundo, incapaz de adaptarse al juego espontáneo, propio de esa edad. ¿Tendría este mismo andar de océano de mañana, ese pisar de emperador romano?


Cuando tocó la puerta, yo ya sabía que era él.

— ¿Cómo estás mi vida? —me preguntó mi padre, cariñoso, como siempre.

— ¿Vamos? —dije yo tomando mi abrigo.

Caminando por las calles de esta hermosa ciudad, vale la pena ajustar el paso al de él. Es el andar propicio para disfrutar de la belleza del lugar, revivir su historia, y también para pensar. Pensar es su mayor afán.


Como siempre, es él quien empieza la conversación. —Imagínate que este edificio fue el más alto de Europa durante los años 20.


—¿En serio? —digo realmente intrigada.— No lo sabía. —Siempre es así. Te sorprende con datos curiosos, información inesperada. Sus incansables lecturas le han permitido siempre ser un gran conversador y sorprender al más culto. Habla como camina. Despacio pero con ritmo. Saboreado. Ameno. Mientras termina de contarme la historia del rascacielos, llegamos a nuestro destino.


— ¿Su nombre? —una enfermera muy joven toma sus datos y le entrega un formulario para rellenar. Él me lo da a mí. Soy yo quien me ocupo de cosas mundanas como esta. A pesar de su aversión por la medicina occidental, esta vez se ha tragado el orgullo y ha accedido consultar a un ortopedista. Últimamente le ha dolido mucho la rodilla. Él, que siempre ha sido fuerte como un roble. La posibilidad de verse inmovilizado, le aterra más que tener que sentarse en un consultorio médico para ser diagnosticado.


El médico, seguramente acostumbrado a lidiar con pacientes tercos, es de una amabilidad extrema.


—¿Y qué nos trae por aquí? —pregunta con un acento que lo delata. Es paisano nuestro. Pero nadie dice nada. Papá, le cuenta tranquilo lo que le molesta. El médico lo examina y le explica que le va a hacer unas radiografías. Lo hace pasar a un cuartico donde se encuentran los equipos de rayos x y luego nos sienta nuevamente frente a su escritorio, las fotografías de los huesos de mi padre en sus manos.


—Estamos muy bien. —dice por fin— No te duele cuando caminás, ¿cierto?


—No doctor, no me duele cuando camino.


—Es que el problema tuyo no tiene nada que ver con los huesos. —dijo mientras nos mostraba las radiografías. —Estás de pelea. Lo que pasa es que tenés el corazón en las piernas y no te podés quedar quieto mucho tiempo porque quedarte quieto, para vos, es como quedarte sin respirar. —concluyó satisfecho.


Yo, consternada, miré a mi papá quien parecía completamente a gusto con el diagnóstico y sonreía aliviado. Una vez fuera, me dijo.


—Qué tontería. Debí saber que era eso lo que me pasaba. Tenemos que dar más paseos. Ven vámonos por esta calle. Vas a ver dónde llegamos. Es espectacular. Te va a encantar.

Yo, sabiendo ya a dónde íbamos a llegar, nos fuimos brazo en brazo, me acomodé a su cadencia, dejándome llevar por sus historias saboreadas y marcadas, como su andar.






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