Con Nothomb en oriente

Mientras Amélie daba una conferencia sobre cervezas belgas, sentada en una mesa llena de japoneses, durante una cena en la que no conocía a nadie, ni entendía muy bien por qué razón era ella quien debía llevar la conversación, yo oía a mi alrededor ruidos estridentes de adolescentes hiperactivos. Nunca podía saber con exactitud qué era lo que decían. Todo era una mezcla entre inglés e hindi, en iguales proporciones.


Good morning Ma’am.

Good morning Ma’am.


Esos saludos sí estaban dirigidos a mí. Entonces interrumpía mi lectura para saludar a mis briosos estudiantes con una sonrisa, y de nuevo a Amélie. Ella, también profesora, a diferencia mía no le enseñaba diariamente a ciento veinte púberes en pleno crecimiento. No. Ella luchaba con la terrible pronunciación de Rinri, quien a su vez se enamoraba de su acento y de sus grandes ojos claros.

El timbre del enorme colegio campestre, ubicado en las afueras de Nueva Delhi, hizo que todos corrieran a sus puestos, mientras que los que apenas llegaban se empujaban unos a otros como potros en estampida.

“Página 114” me dije. Había perdido el señalador. Como siempre. Cerré el librito de Nothomb y me puse de pie. Yo observaba sus gestos exagerados mientras se contaban las historias del fin de semana. Pensé en lo lejos que estaba de mi casa y en lo mucho que había aprendido a amar este país caótico e increíblemente hospitalario, y a mis estudiantes. No había sido fácil. Para nada. Pero Amélie también había tenido sus momentos difíciles en Japón.  El timbre había sonado hacía casi cinco minutos. Pero ellos ni se inmutaban. Barrí el salon de clases con la mirada. Nitin, sentado en la primera fila, a mi izquierda, leía absorto “Looking for Alaska”. Hubiera preferido verlo leer “Ozymandias”, el poema que estábamos estudiando, pero por lo menos estaba leyendo. En el medio, justo entre la tercera y la cuarta fila, estaban Mayank, Sidharth y Shivin. Hablando de futbol. O eso me pareció entender. Justo frente a mí estaba Cheshtha, mirándome preocupada. Ella sabía que no me gustaba pedirles que hicieran silencio. Se los había dicho el primer día de clases.“Si quieren que los trate como adultos, compórtense como adultos. No me gusta enseñarle a niños.” Mis palabras habían tenido el impacto deseado. Eran adolescentes de dieciséis o diecisiete años. Se creen adultos a esa edad. Pero no fue necesario esperar mucho para que se olvidaran de mis palabras. Mi segunda estrategia era hablar muy pasito. Casi en susurro. Así solo podían oírme los que estaban atentos.


—¿Quién quiere leer el poema? —Pregunté muy bajo, casi sin oír mi propia voz y ya sabiendo la respuesta.


Poco a poco, todos hicieron silencio, se apresuraron a sacar el libro y Cheshtha levantó la mano.


—Adelante Cheshtha. Empieza tú.


Mientras trabajaban en tríos, interpretando el poema, relacionándolo con lo efímero del poder, yo reanudé mi lectura. Ahora, Amélie soportaba las crueles burlas de la madre y de la abuela de su novio. Las dos japonesas se reían a carcajadas mientras tocaban las blancas piernas de la joven europea. En Japón, cuando una mujer lleva una falda corta, es necesario ponerse medias veladas, ¡sobretodo, si tiene piernas tan blancas! —le explicaron.


“Pobrecita” pensé. Menos mal yo no tenía que ponerme Saris, ni Kurtas para ir a trabajar al colegio. Los saris son hermosos, pero yo solo los había usado para ir a las bodas bodas a las que me invitaban. No hubiera podido dar clases envuelta en un vestido tan complicado. Las Kurtas por el contrario, simplemente no eran mi estilo. Las profesoras expatriadas no teníamos un código de vestuario riguroso en el prestigioso colegio. Pero había que tener cuidado. No había que dejarse engañar por la gran cantidad de turistas extranjeros en Delhi. Ellos pueden  vestirse como quieren. Otra cosa era vivir y trabajar en la capital india. Como Amélie, las mujeres extranjeras estábamos expuestas al constante escrutinio de sus ciudadanos. Nadie se burló de mis piernas blancas un día excepcionalmente caliente, en que llegué al colegio con un vestido que me llegaba hasta las rodillas. Pero sí sentí la mirada sentenciosa de mis conservadoras colegas indias. Fue suficiente para no volver a mostrar las piernas en el trabajo.


“Página 118” pensé nuevamente mientras les pedía a todos que hicieran silencio.


—Comencemos con el equipo de Mrinu. Kshtij y Aryaman, ¿Cómo interpretan ustedes la relación entre la estatua de Ozymandias y el tiempo?

Mientras hablaban por turnos, yo no podía evitar sentirme orgullosa. Eran bastante inteligentes y trabajaban muy bien cuando querían.


Otra vez el timbre. Se van rápido las clases.


—Seguimos mañana. ¡No se olviden del examen la próxima semana! —Algunos ya están en la puerta, pero todos se despiden amables. Voy a extrañarlos cuando ya no esté.


El bus del colegio me deja en la puerta de mi casa. Al bajar, una enorme vaca blanca me impide el paso.

—Quítate… —le digo molesta, en español. Espero que nadie se dé cuenta de que no las veo como sagradas. No es que no me gusten los animales, pero sueltas por las calles, estorban mucho.


Miro la hora. Todavía faltan como tres horas para que anochezca. “Mejor me voy a corregir exámenes al café belga que queda a unos pasos de mi casa.” Me saboreo con anticipación un capuccino y una torta de zanahoria. Es mi lugar preferido siempre que siento nostalgia por la comida occidental. Mientras me acomodo en una cómoda poltrona del café Di Ghent, saco de mi bolso los exámenes y mi librito de Nothomb. “Qué ironía, le digo a Amélie; una belga en Japón, haciéndole compañía a una colombiana sentada en un café belga de la India. Dos desarraigadas que se encuentran a sí mismas en Oriente.”



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