Los Salones de mi Mente

Updated: Sep 6

Detrás de la puerta, todo estaba tan oscuro que a duras penas veía mi propia sombra. Frente a mí se levantaba un negro de acero. Sin embargo, podía oír claramente mis propios pasos. Tenían un eco sordo. Como el llamado de otros mundos. Mientras caminaba, mis brazos extendidos hacia el frente y hacia los lados, me hacía un mapa mental de esa casa vieja, laberíntica. De pronto, mi mano se topó con el marco de lo que supuse era una puerta. Me detuve y constaté que, en efecto, era una pesada puerta cerrada. Si tenía suerte no estaría cerrada con llave. No podía encontrar el pomo, así que intenté empujarla. Tuve que empujarla con todo mi peso pero finalmente cedió. Una luz fulminante y dorada me lastimó como una lámina afilada. Me tapé los ojos por unos segundos, mientras se acostumbraban. Cuando miré nuevamente, me encontraba en un jardín verde y frondoso. La luz llegaba de todas partes, golpeando exóticas hojas gigantes y flores exuberantes. El aire era húmedo y perfumado. Sentí un agradable calor en mi cuerpo y me subí las mangas de la camisa que ya empezaba a pegárseme al cuerpo.


Sentí deseos de recorrer el lugar. Para avanzar, tenía que apartar ramas aquí y allá. Pero al tocarlas, se desintegraban en vapores centelleantes. Nunca había visto algo así. Era consciente del peligro inminente, pero la curiosidad me impedía parar. A medida que avanzaba, los vapores se transformaban en nubes rosadas, algodonosas y espesas. Quise tocarlas, como siempre había querido hacerlo desde niño. Entonces vi a mi hermano mayor, trepado en el viejo mango.


— ¿Qué haces? pregunté animado—. Yo tenía 10 años. Carlos, 12.


No me respondió. Se quedó mirándome. Una sonrisa tranquila. De pronto, se evaporó tan rápido como se había materializado. Había nubes rosadas por todas partes. Mientras intentaba apartarlas para avanzar, al tocarlas, otros recuerdos se condensaban frente a mí. Lu, mi primer amor. Su trenza se agitaba con sus carcajadas. La sopa de guineo de mamá. Su mirada impaciente porque yo siempre quería más limón en la sopa. “Se te van a dañar los dientes” decía. También vi a mi hija, pintándome las uñas y obligándome a jugar muñequero. Era tan pequeña y su alegría tan grande…


Así, entre nubes y frondosas plantas, entre vapores y flores, mi recorrido por ese lugar hermoso llegó a su fin cuando un muro de unos tres metros me obligó a detenerme. No era tan alto, pero lo suficientemente alto como para no poder saltarlo. Entonces caminé bordeando el muro, esperando encontrar lo que muy pronto encontré: una puerta. Pero esta vez, era una puerta endeble, con ganas de dejar de ser puerta. Y en ese momento se me ocurrió lo fácil que era dejar de ser algo. Basta con tirar la toalla. Parar. Pero yo nunca había sido de esos. Yo me había desangrado para ser lo que había sido. ¿Quién iba a imaginarse que dejar de ser neurólogo sería tan sencillo? Me acaricié los nudillos artríticos mientras empujaba el susurro de puerta que me condujo a un cuarto sombrío. En él, todo olía a moho y a naftalina. Una ligera corriente de aire frío, que nunca supe de dónde venía, me puso la piel de gallina. Me tropecé con algo. Bajé la mirada. Eran cajas repletas de objetos. Cajas por todas partes. ¿Qué había dentro? Quise regresar corriendo al jardín luminoso y tibio. Pero cuando me di la vuelta, la puerta había desaparecido. O por lo menos ya no se veía desde donde yo estaba. Entonces me agaché y abrí una de las cajas. Sentí que me faltaba el aire. Abrí otra caja, y luego otra. En ellas había cartas, cuadernos, retazos, olores. Ropa, música y sabores. Mis lágrimas no paraban de mojar mis mejillas. El pánico me cerró la garganta. ¿Sería posible morir ahogado en mis propias lágrimas?


—Papá… ¡papá!


Los enormes ojos de mi hija, sentada frente a mí, me miran preocupados. Parece que me llamara a través de un cristal.


— Papá. ¿Qué tienes?


Yo, con un gesto de la mano, le dejo entender que no quiero hablar. “Nada. Visitando los salones de mi mente” Pienso. “Pero como siempre, me interrumpiste.”




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